PENTECOSTES: GRACIA QUE NOS FORTALECE LA FE
La primera aparición del Maestro resucitado tiene, pues, lugar en “el atardecer de aquel día, el día primero de la semana” (Jn 20, 19). Los discípulos están “en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos”. Cristo resucitado es Señor del tiempo y del espacio: las puertas cerradas, lo mismo que la muerte, ya no constituyen un obstáculo para que Él se manifieste, “ya no tienen dominio sobre él” (cf. Rom 6, 9)
Entra en casa, se pone en medio de los suyos, les muestra las señales que lo identifican: “las manos y el costado” con las heridas propias del Crucificado el viernes santo. Por dos veces saluda con el saludo propio de Israel, “Shalom!”, que aquí es también el primer don de su Resurrección. Inmediatamente los saca de sus miedos, los lanza al anuncio, a la misión, la misma que Él realizó por voluntad del Padre. En las palabras del envío “Como el Padre me envió os envío yo también a vosotros” (v. 21), hay una expresión repetida de la igualdad entre Jesús y el Padre: esta fórmula es frecuente en el Evangelio de San Juan de manera especial. Esa igualdad es revelada también en esta afirmación de Jesús: “El Padre y yo somos uno” (cf. Jn 5, 19.21.23.26; 10, 15.25.30; 14, 6-7.11.20; 15, 9; 17, 21).
“Como el Padre… así también Yo”. El modelo, el referente es siempre el Abbá, el Padre. Y Jesús hablará de lo que le ha oído al Padre, hará las obras que ha visto realizar al Padre; como el Padre le conoce íntimamente a él, él conoce a sus ovejas, a los que son suyos, a los que el Padre le ha confiado.
Cuando Jesús les muestra las manos y el costado, los discípulos “se llenaron de alegría” porque ven en Él, al Señor glorificado y porque al fin comprendieron lo que les había dicho de resucitar al tercer día, les dona el Espíritu concediéndoles el poder de perdonar, o retener el perdón de los pecados.
Por boca de los profetas Dios prometió el Don de un espíritu nuevo, su Espíritu: “Les daré un corazón nuevo y les infundiré un espíritu nuevo; arrancaré se su cuerpo el corazón de piedra y les daré un corazón de carne. Les infundiré mi espíritu y haré que caminen según mis preceptos y que cumplan mis mandatos poniéndolos por obra” (Ez 36, 26-27). Esta efusión del Espíritu del Señor renovaría el mundo, le daría nueva vida. El día de Pascua se cumple esta profecía. Con el gesto simbólico de “soplar” sobre los apóstoles, Jesús comunica el Espíritu Santo. Este “soplar” nos remonta al momento de la creación, cuando “el Señor Dios modeló al hombre con arcilla del suelo, sopló en su nariz aliento de vida, y el hombre se convirtió en un ser vivo” (Gn 2, 7). El Espíritu Santo crea al hombre nuevo, lo libera del temor, de la tristeza, del egoísmo, del pecado. Además, el Espíritu Santo lo impulsa a la misión que el Resucitado ha recibido del Padre.
¡Abramos las puertas! El acontecimiento de Pentecostés no puede quedarse como un hecho histórico, debe ser un acontecimiento siempre nuevo que nos anime a abrir las puertas, a vencer nuestros miedos para emprender el anuncio de nuestra experiencia personal de Jesús. Al igual que los discípulos, quienes no podían quedarse con las puertas cerradas ante lo que habían vivido al lado del Maestro, como cristianos estamos llamados a comunicar, a misionar desde nuestra experiencia de cristianos. No nos podemos guardar lo que vivimos y lo que Jesús va haciendo en nuestra vida. Que así como el Espíritu Santo hizo que los discípulos abandonaran el miedo y se animaran a testimoniar su fe, nosotros venzamos nuestra cobardía y mostremos la dicha que da vivir al lado del Maestro.
Secuencia
Ven, Dios Espíritu Santo, y envíanos desde el cielo tu luz, para iluminarnos. Ven ya, Padre de los pobres, luz que penetra en las almas, dador de todos los dones. Fuente de todo consuelo, amable huésped del alma, paz en las horas de duelo. Eres pausa en el trabajo; brisa, en un clima de fuego; consuelo, en medio del llanto. Ven, luz santificadora, y entra hasta el fondo del alma de todos los que te adoran. Sin tu inspiración divina los hombres nada podemos y el pecado nos domina. Lava nuestras inmundicias, fecunda nuestros desiertos y cura nuestras heridas. Doblega nuestra soberbia, calienta nuestra frialdad, endereza nuestras sendas. Concede a aquellos que ponen en ti su fe y su confianza tus siete sagrados dones. Danos virtudes y méritos, danos una buena muerte y contigo el gozo eterno. Amén.
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